Hemos pedido a nuestra experta en seguridad de la AMDP Anna Almécija Casnova, que nos compartiera el artículo que escribió sobre la iluminación y la protección. Es un tema del que nos preocupamos y mucho cuando trabajamos en valorar la seguridad y el acceso a los centros deportivos. Disfrutarlo porque tiene muchas claves interesantes.
Crímenes públicos horribles pueden ocurrir, y de hecho ocurren, en estaciones de metro bien iluminadas, donde no hay nadie que los observe. Prácticamente nunca ocurren en teatros oscuros, donde hay mucha gente y muchas personas observando. Las farolas pueden ser como esa famosa piedra que cae en el desierto donde no hay oídos para oírla. (Jacobs, 1961)
La iluminación en el diseño de espacios seguros.Hace más de veinte años que soy socia de Celfosc y que, con mis colegas de
asociación, lucho contra la contaminación lumínica. Empecé haciéndolo como abogada, defendiendo el medio ambiente y el derecho de las personas a un entorno nocturno saludable, sin luces que invadieran su vida privada ni su descanso. Con el
tiempo me licencié como criminóloga y me dediqué al diseño de espacios seguros – en el sentido más extenso de la palabra- y entonces confirmé que la luz mal utilizada no solo afecta al cielo nocturno y a la salud, también condiciona la seguridad, la
convivencia y la manera en que habitamos los espacios.
La idea de que “más luz” equivale a “más seguridad” es una afirmación extendida, una respuesta rápida a los problemas, políticamente cómoda y – en mi opinión- poco reflexionada. La luz puede ayudar – y no me cansaré de insistir en que debe ponerse allí donde haga falta, bien proyectada y en la mínima intensidad necesaria – pero la luz también puede deslumbrar, ocultar, distorsionar y generar una falsa sensación de protección.
La percepción de seguridad importa, por supuesto; es uno de mis ámbitos de trabajo y me preocupa y busco infinitas estrategias sobre cómo abordarla. Pero no basta con que un espacio parezca seguro: debe serlo. Y eso exige apostar por estrategias que
transformen cómo se vive y cómo se observa un lugar.
La iluminación es una herramienta valiosa cuando se usa bien, pero no es la solución por sí sola. Muy significativo fue el rechazo de las mujeres de Londres cuando el gobierno británico planteó como medidas de seguridad “más luz, más cámaras de videovigilancia y más policía” tras el secuestro y asesinato de Sarah Everard, de 33 años.
https://qz.com/1985650/sarah-everard-design-strategies-to-make-streets-safer-for-women
La luz es un factor contaminante que afecta a la fauna, altera los ritmos circadianos, rompe la calidad del cielo nocturno y deteriora la experiencia del espacio. La iluminación debe ser respetuosa y proporcionada, y siempre formar parte de una estrategia más amplia donde la prioridad sea el bienestar y la protección de las personas, pero sin perjudicar al medio ambiente.
De hecho, hay parques urbanos que, para respetar las zonas de protección del cielo nocturno, no tienen farolas, de noche no están iluminados y no pasa absolutamente nada. Y es que la ausencia deliberada de iluminación en determinados espacios puede funcionar como un mecanismo de comunicación ambiental que orienta el comportamiento de las personas durante la noche. La falta de luz transmite que ese entorno no está pensado para ser utilizado en horario nocturno. Mantener la zona oscura actúa como una señal que gestiona expectativas y orienta a la ciudadanía hacia otros itinerarios.
Finalmente, conviene recordar que el exceso de luz, en tanto que inmisión, puede generar consecuencias jurídicas relevantes. Más allá de la necesaria sensibilización sobre su impacto ambiental, la contaminación lumínica puede derivar en responsabilidades, especialmente civiles y administrativas.
Los ojos en la calle “Siempre debe haber ojos que miren a la calle, ojos pertenecientes a personas que podríamos considerar propietarias naturales de la calle.”Jacobs, 1961
Los “ojos en la calle” es uno de los conceptos centrales de Vida y muerte de las grandes ciudades de Jane Jacobs (1961). Jacobs sostiene que cuando una calle tiene actividad, mezcla de usos, ventanas que miran al exterior, comercios abiertos y vecindario implicado, se genera una red de atención: personas que observan, que se reconocen, que se sienten parte del lugar. Esa presencia crea una forma de vigilancia informal que disuade comportamientos delictivos, antisociales o incívicos (para no hacer que todo gire entorno al derecho penal).
La vigilancia natural – los ojos en la calle- es el núcleo del CPTED, que luego desarrollaré como uno de los principios de la primera generación. Sin embargo, una iluminación mal diseñada puede anular la eficacia de esa vigilancia cuando la luz
deslumbra a residentes o peatones, ilumina la cara del observador en lugar del espacio observado, genera reflejos o contrastes que dificultan ver el exterior desde portales o ventanas.
Cuando Jane Jacobs (1961) dice que “los horribles crímenes públicos pueden ocurrir en estaciones de metro bien iluminadas”, está desmontando la supuesta lógica que confunde luz con seguridad. Jacobs sabía que la luz puede hacer visible un espacio, pero no puede generar atención, ni cuidado, ni responsabilidad colectiva. Una estación de metro puede estar inundada de luz y seguir siendo un lugar vulnerable si nadie mira, si nadie se siente parte del espacio, si nadie está dispuesto a intervenir. Pero Jane Jacobs no estaba hablando solo de estaciones de metro ni de iluminación. Lo que estaba señalando es que la seguridad no nace de la luz, sino de la presencia humana y de su capacidad de vigilancia y cuidado informal.
La iluminación en la metodología CPTED (crime prevention trough enviromental design) la iluminación se entiende de manera distinta según la generación de principios en la que se sitúe. Recordemos que los principios de primera generación se centran en el diseño físico del entorno: vigilancia natural, control de accesos, refuerzo territorial y mantenimiento, orientados a reducir oportunidades delictivas mediante la configuración del espacio.
Los principios de segunda generación incorporan la participación comunitaria como elemento clave para fortalecer la cohesión social, la confianza y la vigilancia informal.
Los de tercera generación amplían el enfoque hacia el bienestar colectivo, integrando salud pública, sostenibilidad y autorealización como condiciones necesarias para que los espacios sean saludables, habitables y socialmente vivos. Huelga decir que las distintas generaciones de principios no son compartimentos estancos.
En la primera generación, su función es permitir que el espacio se lea con claridad y que la vigilancia natural pueda actuar sin obstáculos. La luz ayuda a que los recorridos, los accesos y los límites sean visibles, y a que las personas puedan observar y ser observadas con facilidad.
En la segunda generación, la iluminación adquiere una dimensión más social. Ya no se trata solo de hacer visible el espacio, sino de favorecer que ese espacio se use, se comparta y se viva. Una iluminación coherente con los usos y con la actividad refuerza
la apropiación del lugar, evita ambientes hostiles y contribuye a que la comunidad esté presente. La luz, en este nivel, facilita la convivencia y da continuidad a la vida urbana cuando la luz del sol desaparece. Su papel es apoyar la cohesión social y la presencia cotidiana.
En la tercera generación, la iluminación se integra en criterios de bienestar, salud y sostenibilidad. La luz debe respetar los ritmos circadianos, minimizar la contaminación lumínica, proteger la fauna y evitar molestias a quienes viven en el entorno. La
seguridad se entiende como parte de un equilibrio más amplio, donde la iluminación debe ser eficiente, proporcionada y respetuosa.
En este nivel, iluminar es una decisión que afecta a la calidad de vida y al funcionamiento global del espacio.
La oscuridad tiene funciones ecológicas, culturales y psicológicas, y la iluminación debe respetarlas. Ver el cielo, distinguir las formas del entorno y reconocer la profundidad del paisaje nocturno contribuye a una relación más consciente con el
lugar.
La tercera generación también incorpora la autorealización: la idea de que los espacios deben permitir que las personas se conecten con su entorno de manera significativa. Poder levantar la vista y ver el cielo estrellado, entiendo que ha de poder
formar parte de esa conexión.
Problemas habituales cuando se instala “demasiada luz”
La sobreiluminación no solo modifica la manera en que se observa un espacio, también introduce molestias, desequilibrios y situaciones que pasan desapercibidas si no se analizan con detalle. Por eso es importante identificar qué ocurre cuando se instala más luz de la necesaria y cómo estos errores pueden comprometer la calidad y la seguridad del espacio. Además de los que ya he indicado añado unos cuantos más:
Deslumbramiento.
Cuando un punto de luz es demasiado intenso o está mal orientado, acaba cegando a la persona que transita u observa el espacio. Esto impide ver qué ocurre más allá del haz de luz y genera zonas oscuras que pueden aumentar la sensación de inseguridad y reducir la vigilancia natural.
Distribución irregular.
Los contrastes fuertes entre áreas muy iluminadas y zonas en penumbra acentúan las sombras y crean nuevos puntos de riesgo. Es habitual en calles donde edificios, árboles o mobiliario urbano bloquean parcialmente la luz, dejando espacios mal iluminados.
Uso excesivo de focos.
Los focos muy potentes pueden transmitir un ambiente hostil o intimidatorio. En lugar de generar seguridad, pueden hacer que la gente evite el espacio. Una zona sobreiluminada en exceso puede resultar tan disuasoria como una zona oscura.
Sombras creadas por el propio entorno.
Edificios, vegetación, señalización o estructuras pueden proyectar sombras profundas
que dificultan la visibilidad. La iluminación debe coordinarse con la arquitectura y el paisaje para evitar estos efectos.
Puede generar conflictos vecinales.Cuando la luz entra por las ventanas, molesta a los residentes o altera su descanso, es habitual que aparezcan quejas. En algunos casos, los propios vecinos acaban apagando – o inutilizando- las luces o solicitando cambios en la instalación, lo que hace que cualquier función preventiva desaparezca con el tiempo.
El coste.
Más luz significa más consumo energético, más mantenimiento y más averías. Y cuando una luminaria falla, el resultado suele ser un punto oscuro que puede generar más inseguridad que la falta de luz inicial. Es una estrategia cara, poco eficiente y, en
muchos casos, contraproducente.
La iluminación exterior mal diseñada no solo no mejora la seguridad, sino que puede empeorarla al reducir la visibilidad real, aumentar sombras, facilitar ciertos delitos y generar una falsa sensación de protección.
https://darksky.org/resources/what-is-light-pollution/effects/safety/
Anna Almécija. AMDP
Para saber más:
Del CSIC, P. (2024, June). Contaminación lumínica. Los peligros de un mundo cada
vez más iluminado. Editorial CSIC. http://doi.org/10.20350/DIGITALCSIC/16385
Jacobs, J. (1961), Death and Life of Great American Cities. Random House.
www.celfosc.org
www.cpted.net
https://darksky.org/
https://www.rtve.es/play/videos/el-escarabajo-verde/historia-para-no-
dormir/6252003/

