Una de nuestras compañeras, Malu Baena, nos envía este texto que escribió anoche entre la euforia y la inspiración y queremos compartirlo. En una noche donde las plazas se conquistan para la celebración, para el reconocimiento en un encuentro colectivo. Para poder soñar con jugadas épicas con un balón deshinchado y la chavalería del barrio.
Pasan 7 minutos de las 23:00h del 14 de Julio de 2026 (casi un tiempo de descuento) tiempo que han tardado mis hijos para bajarse a la calle y gritar de alegría, llenos de euforia que España ha ganado contra Francia y jugará la final del mundial de fútbol, tiempo que han tardado millones de españoles en echarse a la calle con vítores y cánticos, tiempo que he tardado en encender el ordenador para poder escribir la gran paradoja que vivimos.
Estos jugadores de los que hoy nos sentimos orgullosos, vestimos sus camisetas y seguimos coleccionando cromos (como hacía yo en el 94 y cuyo álbum aún conservo), un día fueron niños. Niños que corrieron detrás de una pelota en una plaza, en una calle o en un descampado. Eran espacios imperfectos, con porterías imaginarias usando dos piedras, las normas se inventaban sobre la marcha pero todos los del barrio las conocíamos a la perfección sin necesidad de árbitros, aprendimos a ganar y a perder, a saber esperar turno y que la felicidad cabía en un balón desgastado, porque una pelota nunca ha sido sólo una pelota.
¿En qué momento la pelota comenzó a ser una molestia? ¿Cuándo hemos empezado a crear espacios públicos alejando a la infancia de ellos?
Cuando una sociedad plasma en sus plazas carteles de prohibición al juego bajo multa, no sólo prohíbe la pelota, está limitando risas, recuerdos, encuentros… una escuela de vida.
Sin lugar a dudas la convivencia exige normas y todos sabemos que un mal pase de María o un despeje de Antoñito puede romper la maceta de la vecina o incluso llevarse ella el saque de esquina, también sabemos que cómo el tiempo siempre corría a nuestro favor,. Tarde o temprano aparecería el vecino amenazando con pinchar el balón. Nadie defiende que se juegue causando daños pero la solución jamás debería ser la prohibición y menos bajo multa.
Hoy estos niños y niñas reciben un mensaje contradictorio, tienen referentes que no se han formado en estadios llenos de afición sino en la calle donde a ellos se le prohíbe. Les exigimos que tengan un estilo de vida menos sedentario y se alejen de las pantallas pero les quitamos espacios públicos donde pueden acceder todos por igual y de forma gratuita.
Eliminar estos carteles no significa renunciar a la convivencia, significa entender que el juego es una necesidad, significa entender que el ruido de la pelota puede llegar a ser incómodo pero mucho más preocupante es presenciar el silencio de las plazas vacías.
Deberíamos cambiar los carteles. Deberíamos tener más plazas para jugar y poner multas a quien impidan el juego y el desarrollo de niñas y niños. Hoy salimos a la calle a celebrar con la roja. Tarjeta para quienes prohíben jugar en las plazas.
Licenciada CCAFD. Entrenadora Atletismo.

